Me recosté sobre el pasto seco.
El sol estaba por ocultarse, había caminado muchas horas, a pesar de todo no tenía sed, ni
hambre. Estaba perdida, no sabía qué lugar era aquel, no había muchas casas
cerca, pero sabía que podía regresar, debía regresar en dirección de las
antenas de la ciudad que podían verse a lo lejos, detrás de otra montaña.
Miraba el cielo, azul, y las
nubes aparecían una a una. Recordé cuando niña solía jugar con mis primos,
tumbados en el bosque a ver animales en las nubes. Nadie perdía, siempre se veían
animales en las nubes, recuerdo que una vez vi a un ángel, era enorme, pero no
estaban mis primos para presumirlo. Extrañaba como nunca mi infancia. Nada dolía,
nada importaba, todo se veía con felicidad o eso creía yo.
Desperté, una, dos, tres gotas de
lluvia. Extraje de mi mochila el impermeable, me lo puse apresuradamente, y
luego la mochila, ya casi había oscurecido. Eché a correr hacia abajo, había
subido a la cima de una montaña, el camino de hizo interminable, agradecí traer
conmigo una pequeña linterna. Tropecé muchas veces, en una de ellas me rompí el
labio cuando no pude sujetarme y termine resbalando hacia una acequia, estaba
seca y llena de piedras, mis rodillas y mis codos sufrieron peores
consecuencias.
No recuerdo bien cuantas horas
tarde en llegar, pero agradecí que en ese momento me dolieran más las heridas
del cuerpo que las que llevaba en el alma.
…
- – ¿Dónde mierda te metes? – grito una voz
histérica desde el otro lado del celular.
No pude pronunciar más palabras
que “ven”. Ella estaba parada en mi puerta en menos de 30 minutos.
- –¿¡Qué mierda te has hecho!? – Volvió a gritar al
verme, pero esta vez su rabia cambio a desesperación, me cogió del brazo, y me
llevo al sofá. No pregunto nada. Salió apresuradamente y a los 10 minutos
regreso con alcohol, algodón, vendas, un ungüento y muchas pastillas.
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