No recuerdo mucho, me quede dormida.
Al despertar, eran las 10 de la mañana y
ella estaba parada en la puerta de la habitación, su seriedad se desvaneció
cuando yo dije:
- – Hola...
- – ¿Recuerdas algo de anoche? –
Pregunto.
- – Que llegaste y me
curaste…gracias.
- – ¡Maldita Sea María! – te llame
por la mañana, nunca contestaste, ni al medio día ni por la tarde…vine a hablar
con el portero, dijo que te vio salir temprano. Felizmente contestaste… ¿Sabes
qué hora era? – ¡Media noche! – ¿Dónde te metiste? ¡Qué hiciste? O ¿Quién te
hizo esto?
-
Era medianoche... murmure, no
recordaba a qué hora llegue a casa, ni como logre entrar sin alarmar al portero
con toda la facha que llevaba.
Le conté a Sally, lo que hice ayer, y como
termine por caer a una profunda acequia en medio de la oscuridad.
- – Deberías olvidar a ese hijo de
puta. – Dijo ella, con la misma rabia de siempre al hablar de él.
- – ¿Cómo se hace eso? - respondí – Y ella torció los ojos.
- – ¡Dejando de recordarlo! Cada
cosa que haces te recuerda a él. Has dejado un buen empleo, has abandonado la
escuela de arte, ya no cantas, no bailas, ya casi no comes, y haces estas
locuras ¿Qué quieres? ¿Qué ese malnacido venga por ti y se convierta en tu
superhéroe?
- – Quiero que salga de mi vida…
- – ¡Deseo cumplido! Ya no está
más. Se fue, se esfumo, le importaste un carajo. ¡Quién sabe con qué puta
estará revolcándose ahora!
Hablamos hasta muy tarde. Hablar con ella
me hacía bien. Siempre era tan dura y tan sincera a la vez. Esa era la
realidad. Y ella mi mejor amiga.
Los días pasaron a veces lento y a veces
rápido. Decidimos hacer un viaje a Bolivia, La Paz, y llegamos hasta Coroico,
un pueblo en las Yungas Bolivianas, pasamos varios días caminando sin rumbo por
sus calles y por sus valles, tomando fotos de todo lo que pasaba por nuestra
vista, comiendo todos los platos típicos de la zona y bebiendo vino o cerveza
por las noches.
La herida que tenía en mis labios, ya casi
desparecía, caso contrario las heridas de mis rodillas, al usar shorts muy
cortos los mostraba con orgullo. Eran mis heridas de guerra. Una guerra que
tenía que ganar pronto.
Regresamos bastantes bronceadas, y con unos
cuantos kilos de menos. Yo ya casi estaba anoréxica. Había perdido casi 10
kilos en los últimos 3 meses.
Ahora era el momento de empezar. Me decidí
a regresar a la escuela de pintura a la que iba hace meses, y por las noches
retome las clases de baile. Dos de mis grandes aficiones.
Empecé a buscar trabajo...
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