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lunes, 24 de octubre de 2016

ONLY IDIOTS CRY - IV PARTE

No recuerdo mucho, me quede dormida.
Al despertar, eran las 10 de la mañana y ella estaba parada en la puerta de la habitación, su seriedad se desvaneció cuando yo dije:
-              – Hola...
-            – ¿Recuerdas algo de anoche? – Pregunto.
-            –  Que llegaste y me curaste…gracias.
-            –    ¡Maldita Sea María! – te llame por la mañana, nunca contestaste, ni al medio día ni por la tarde…vine a hablar con el portero, dijo que te vio salir temprano. Felizmente contestaste… ¿Sabes qué hora era? – ¡Media noche! – ¿Dónde te metiste? ¡Qué hiciste? O ¿Quién te hizo esto?
-          Era medianoche... murmure, no recordaba a qué hora llegue a casa, ni como logre entrar sin alarmar al portero con toda la facha que llevaba.
Le conté a Sally, lo que hice ayer, y como termine por caer a una profunda acequia en medio de la oscuridad.
-          – Deberías olvidar a ese hijo de puta. – Dijo ella, con la misma rabia de siempre al hablar de él.
-          – ¿Cómo se hace eso? -  respondí – Y ella torció los ojos.
-         – ¡Dejando de recordarlo! Cada cosa que haces te recuerda a él. Has dejado un buen empleo, has abandonado la escuela de arte, ya no cantas, no bailas, ya casi no comes, y haces estas locuras ¿Qué quieres? ¿Qué ese malnacido venga por ti y se convierta en tu superhéroe?
-          – Quiero que salga de mi vida…
-          – ¡Deseo cumplido! Ya no está más. Se fue, se esfumo, le importaste un carajo. ¡Quién sabe con qué puta estará revolcándose ahora!
Hablamos hasta muy tarde. Hablar con ella me hacía bien. Siempre era tan dura y tan sincera a la vez. Esa era la realidad. Y ella mi mejor amiga.
Los días pasaron a veces lento y a veces rápido. Decidimos hacer un viaje a Bolivia, La Paz, y llegamos hasta Coroico, un pueblo en las Yungas Bolivianas, pasamos varios días caminando sin rumbo por sus calles y por sus valles, tomando fotos de todo lo que pasaba por nuestra vista, comiendo todos los platos típicos de la zona y bebiendo vino o cerveza por las noches.
La herida que tenía en mis labios, ya casi desparecía, caso contrario las heridas de mis rodillas, al usar shorts muy cortos los mostraba con orgullo. Eran mis heridas de guerra. Una guerra que tenía que ganar pronto.
Regresamos bastantes bronceadas, y con unos cuantos kilos de menos. Yo ya casi estaba anoréxica. Había perdido casi 10 kilos en los últimos 3 meses.
Ahora era el momento de empezar. Me decidí a regresar a la escuela de pintura a la que iba hace meses, y por las noches retome las clases de baile. Dos de mis grandes aficiones.
Empecé a buscar trabajo...